Miré y no había monstruos debajo de la cama, revolví trapos dentro del armario y detrás de la tranca y nada me asustaba, las ventanas eran en altillo pero me aupé por para ver si un asesino contaba con la mano el tiempo prudente para asaltar la casa. Desesperada aguardé tumbada para averiguar si el ruido del reloj de pared del cuarto de estar provocaba ese vértigo de susto en las tripas… mi abuela decía que todo sucedía en las tripas: el amor era un dolor de estómago; entonces turbé la mirada al café de mesilla y descubrí que eras tú, tú el único culpable del vértigo. Y pensé llevarte al microondas porque quise beberte para calmar el dolor de tripas…